Imaginen que hago una encuesta a la salida de un mitin y luego les intento convencer de que el resultado es concluyente. Explicaría que hice 10.000 entrevistas y que los datos puros, sin manipular ni alterar de ninguna forma, no dejan lugar a dudas: el partido que organiza el acto va a ganar las elecciones con el 90% de los votos.

Nadie se tomaría en serio esos resultados. Es evidente que los asistentes al mitin no representan a toda la sociedad, porque son una muestra sesgada. Es fácil verlo en ese caso concreto, pero el mismo problema existe en general y esa es una de las razones de que se cocinen las encuestas.

¿Qué significa exactamente cocinar? El término se refiere a las técnicas que un encuestador emplea para producir estimaciones de voto con mayor exactitud a partir de los datos en bruto. No debería tener un sentido peyorativo, pero a veces lo tiene porque se confunden dos cosas: está bien que critiquemos las cocinas opacas —cuya metodología no se explica—, pero la práctica en sí misma es legítima y habitual.

 

Este debate parecía superado, pero ha vuelto después de que el CIS, organismo público encargado de las encuestas en España, nombrase a José Félix Tezanos como su nuevo presidente. El sociólogo ha criticado la cocina de encuestas en sus dos sentidos. Dice que la metodología del CIS debe ser transparente, pero además desconfía en general de los modelos usados para determinar la estimación de voto: “El único modelo es tomar exactamente lo que dice el ciudadano”, explicó a EL PAÍS. Desde su llegada, el CIS publica estimaciones que son prácticamente datos en bruto, alejando al CIS de otras instituciones de referencia. La mayoría de los sondeos punteros tratan los datos para producir sus estimaciones. Lo hacen así para anticipar la intención de voto de los indecisos, predecir quién irá realmente a votar y corregir sesgos en la muestra.

La mayoría de los sondeos punteros tratan los datos para determinar quién irá realmente a votar y evitar sesgos

La primera dificultad son las personas que no declaran su voto. ¿Se puede predecir el comportamiento de los indecisos, esa gente a la que, si se le pregunta, dirán sinceramente que no saben qué papeleta depositarán en la urna? En realidad, sí. Es habitual asumir, por ejemplo, que muchos indecisos volverán a votar lo mismo que la última vez. Pero también se emplean modelos más sofisticados que determinan su voto teniendo en cuenta la edad, la ideología o el lugar donde vive el elector.

Otra dificultad consiste en averiguar quién irá a votar. La mayoría dice que lo hará, porque está bien visto y porque las personas somos optimistas, pero el día en cuestión suceden imprevistos y a veces no votamos. Para anticiparse a esto, los encuestadores asignan a cada persona una probabilidad sobre si realmente votará. La empresa demoscópica YouGov pregunta a los encuestados cómo de seguros están de que acudirán a las urnas y luego reducen a la mitad esa probabilidad si se abstuvieron la última vez. Otros sondeos tiene en cuenta el sexo, la edad o el partido al que apoya cada persona para decidir cómo de probable es que vote.

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