Llega un momento en el que el estrés o el simple agotamiento que brotan de nuestros oídos bombardeados por decibeles ensordecedores o por el sordo rumor que arrastra la ciudad, nos precipita en un derrumbamiento nervioso. El ruido nos enferma y nos lleva al borde de la desesperación. Una verdadera tortura.

No queda sino una cura: el silencio. Ganas de huir, de escaparse físicamente de la batahola. Pero a veces no da resultado. Uno se encierra en su cuarto y descubre que el ruido viscoso sigue atravesando puertas y paredes y llena la cabeza. O se va al campo, al mar, a un lugar solitario y aún allí persisten los fantasmas ruidosos que nos han poseído.

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Y es que el silencio, en cuanto simple aislamiento de sonidos, no es por sí sólo terapéutico. Hay que reeducar no solamente el oído, sino sobre todo el alma, para escuchar el silencio.

Oír el silencio. Todo un arte que no simplemente es una costumbre higiénica para la salud del cuerpo, sino que abre insospechados horizontes interiores. Cuando se toca la raíz del silencio se abren posibilidades inmensas a la propia realización y también, como consecuencia, se abreva en la fuente misma de la que brotan todas las energías para actuar y vivir en el mundo.

Hay métodos para silenciarse. La meditación, la relajación, las técnicas de respiración, la contemplación, etc., etc. El influjo de la filosofía y la espiritualidad orientales, tan de moda, reciben todo su auge de esta necesidad de silencio por parte del hombre contemporáneo al que se ha ido tragando el torbellino del ruido.

 

Los métodos son buenos pero no únicos y definitivos. Lo importante es el descubrimiento personal de ese hondón del espíritu donde suena lo que san Juan de la Cruz, el gran poeta místico carmelita, llama “la música callada, la soledad sonora”.

Oír el silencio. Una vivencia mística, no en el sentido estrictamente religioso, sino en cuanto apertura del ser humano a algo que está más allá de la materia, más allá del ruido. Vale la pena ensayarlo. De pronto, así como en algunos momentos el ruido nos revienta entre las sienes, también puede llegar el momento en que seamos invadidos serenamente por esa música callada del universo. Un silencio que casi se siente en las células. Y un silencio que para muchos puede ser la voz de Dios. Un mendrugo de felicidad.